martes, 16 de julio de 2013

La Boda III

LA CEREMONIA 

Hasta la década de 1880, la ley exigía que las parejas se casaran en una ceremonia que tendría lugar por ley, durante la mañana. En los últimos años de esta década, el horario se amplió hasta las 3 de la tarde. 


La ceremonia de boda podía tener lugar tanto en la casa como en una iglesia, con muchos o pocos invitados. En la década de 1850, la mayoría de las bodas se celebraban en iglesias, siendo lo más habitual celebrarse en la parroquia de la novia. El pastor y los “usher” actuaban como testigos. Tras la ceremonia, la pareja firmaba en el registro de la parroquia en la sacristía. La novia firmaba con su nombre de soltera. Para la ocasión, la Iglesia se había decorado con flores, y la decoración se fue volviendo más elaborada conforme se sucedieron las décadas (desde palmeras sembradas en macetones, hasta festones de siemprevivas y azahar) 

Uno de los caballeros que acompañan al novio quedaba a cargo de los problemas o asuntos finales en la iglesia, a este se le llamaba “usher” (literalmente “acomodador”) mientras los demás invitados se marchaban a la casa de la novia en busca de sus recuerdos (favors). 

(Hago un paréntesis para explicar la figura del “usher” o “acomodador”. En realidad se trataban de parientes muy cercanos o amigos muy íntimos del novio que se encargaban de asistir a la pareja durante toda la ceremonia. Eran los encargados de acomodar a los invitados en sus respectivos asientos según iban llegando a la iglesia para la boda. Si una dama llegaba sola, le ofrecía su brazo y la conducía a su asiento. Si venía con un caballero, el caballero les seguía hasta los asientos que este “usher” les indicaba. Se encargaban además del buen orden en la distribución de invitados (los amigos del novio a la derecha de la entrada, y los de la novia a la izquierda) De él dependía el pago al sacerdote por los servicios de la misa. Durante la posterior recepción de la pareja, se ofrecían ellos mismos como escolta para todas aquellas personas que no supieran dónde se celebraba la fiesta, y una vez en ella era el encargado de presentar a los presentes. Esto era una labor muy importante si tenemos en cuenta que la mayoría de las veces las dos partes de ambas familias, y los amigos de los cónyuges no se habían visto con anterioridad ni se conocían. Además, si alguna dama quedaba sin compañía, eran los que las conducían galantemente a la sala de refrigerios, o las acompañaban hasta que el caballero regresaba o las dejaban en buena compañía.) 

En Inglaterra , la novia prendía estos recuerdos de lazos blancos, flores, lazadas y plumas plateadas en los hombros de los caballeros que asistían al novio y en el “usher”. A principios de la Inglaterra victoriana, las damas de honor también confeccionaban estos prendedores y los prendían en las mangas y hombros de los invitados según salía de la ceremonia. Más tarde, hasta los sirvientes y los caballos se adornaban con flores. El adorno de los criados normalmente estaba elegido por la novia y hacía referencia a un momento especial vivido, si ella los conocía desde su infancia. 


Los invitados que llegaran tarde a la iglesia, entraban en silencio, y se arrodillaban ante el altar, con idea de no poner en entredicho a la pareja, antes de ocupar su lugar discretamente 

En Inglaterra, una novia que se casara en el campo y su “corte”, caminaba hacia la iglesia sobre una alfombra de florecillas que aseguraba a la novia la felicidad a través de los caminos de la vida. Para los más ricos, se creía que un caballo gris que tirara del coche de caballos de los novios, propiciaría buena suerte. Las campanas repicarían en cuanto la pareja entrara a la iglesia, no sólo para anunciar a la gente qué tipo de ceremonia se estaba celebrando en el interior, sino también por la creencia de que así se mantenían las fuerzas demoníacas lejos del lugar. 

El anillo de bodas normalmente era un anillo plano de oro, con las iniciales de la pareja y el día de su boda grabados en su interior. Había pocas ceremonias en la época victoriana con un intercambio doble de anillos. Se consideraba que daba buena suerte el hecho de el anillo se cayera durante la ceremonia, ya que eso mantenía a raya a los espíritus malignos. 

Después de la ceremonia, la esposa y el esposo salían de la iglesia sin mirar ni a la derecha ni a la izquierda. Se consideraba de mal gusto hacer el gesto de reconocer en el camino a la salida, a amigos y conocidos. Los padres de la novia debían ser los primeros que salieran de la iglesia, y el “usher” el último tras haber pagado al sacerdote por su servicio. Como una tradición de tiempo de los romanos cuando se arrojaban nueces tras la marcha de la pareja, en la época la tradición se mantuvo, pero lanzando más civilizadamente arroz, grano o cáñamo, como símbolo de fertilidad. El carruaje nupcial que esperaba a los novios, estaba tirado por cuatro caballos blancos. 

Si la ceremonia se celebraba en casa (como era popular en la década de 1890) la decoración no era por ello menos elaborada. Abundaba la profusión del blanco, junto con otro color según cual fuera el tema de la boda, que adornaba los pomos de las puertas, los dinteles, las balaustradas, las ventanas y las chimeneas. 



La recepción 

Debido a lo temprano que solían celebrarse las bodas, esta recepción solía ser normalmente un desayuno. Era una costumbre inglesa celebrar una pequeña ceremonia al mediodía (justo 30 minutos después de este desayuno de bodas) en la casa de la novia. Allí, la pareja recibía a los invitados y aceptaban sus felicitaciones. 

Un lugar decorado especial y elaboradamente se reservaba en la casa de la novia para recibir a sus invitados. Los padres felicitaban los primeros a la pareja y se situaban después a su lado. Al principio de la época victoriana, la dama de honor también se situaba al lado de la novia para asistirla en todo lo que necesitara. Las damas de honor se situaban a ambos lados de la pareja mientras que los “ushiers” guiaban a los invitados. La etiqueta dictaba que los asistentes debían saludar a la novia la primera, a menos que sólo fueran conocidos del novio, en cuyo caso saludaba a este y posteriormente eran presentados a la flamante esposa de su amigo. A la novia nunca se la felicitaba, ya que quedaba implícito que casarse con el novio era el gran honor que se le había concedido. 

El refrigerio se servía a los invitados de pie, a menos que el banquete de bodas se celebrase manifiestamente en la mesa. Si la casa era lo suficientemente grande o hacía buen tiempo, se podían colocar mesas para los invitados. No había ningún tipo de entretenimiento en la fiesta, a menos que se tratara de un banquete informal celebrado por la noche, en cuyo caso se celebraba un pequeño baile. Se sobreentendía que los invitados no necesitaban ningún tipo de diversión adicional, ya que asistir a la boda constituía el principal honor que se les había otorgado y del que disfrutaban 

A comienzos de la época Victoriana existían tres tartas nupciales, una más elaborada y otras dos más pequeñas para la novia y el novio. La tarta se cortaba y se metía en cajitas que eran repartidas a los invitados según estos se fueran marchando. Tradicionalmente el pastel de bodas era una rica tarta de frutas con una elaborada decoración de glaseado en forma de caracolas, azahar, etcétera. Las tartas de los novios no era tan elaborada. La de ella era blanca, y la de él más oscura. Se cortaba en tantos trozos como asistentes había y en ocasiones se horneaban con “amuletos” en su interior, como el pastel de Navidad. Cada amuleto tenía su propio significado

El anillo para una boda dentro de un año, 
El penique para la riqueza, mi amor, 
El dedal para una solterona o solterón nato, 
El botón para dulces corazones completamente desesperados 

Esta tradición murió con el fin de siglo, ya que las damas de honor no solían ser partidarias de estropear sus guantes rebuscando en la tarta los amuletos. La tarta que la novia cortaba no se comía, sino que era empaquetada para sus bodas de plata




 Algunas Reglas

1.- Tan pronto como el padre consiente al compromiso, la etiqueta demanda que los parientes del novio visiten a la novia al día siguiente. 

2.- Unos días antes del anuncio formal del enlace , los novios deben escribir a sus tias, tios, primos y a sus amigos más íntimos anunciándoles su compromiso, rogándoles no contárselo a nadie, hasta que no se haya hecho oficial

3.- tan pronto como los parientes del novio reciban la noticia, deben visitar a la novia. Ella no se considerará “bienvenida a la familia” hasta que sus cartas, tarjetas y visitas le hayan llegado haciéndoselo saber con sus enhorabuenas. Por supuesto ella debe devolver esas visitas tan pronto como pueda

4.- El anuncio oficial se hace invariablemente en la casa de la novia. Es una falta de educación que cualquier miembro de la familia del novio lo haga público hasta que el anuncio formal no se haya producido.
Lo normal es que se de una cena el día del anuncio. En este caso el anuncio no se grita a los cuatro vientos, sino que se presupone que todo el mundo lo sabe. Aquellos que aún así no estén al tanto, pronto lo averiguan, pues el novio los recibe junto con su prometida, o la presenta junto a su padre. 

5.-Para el evento del anuncio, la madre de la novia envía una nota diciendo 
“ Hablo en nombre de Mr y Mrs John Huntington Smith.
Mr y Mrs Smith tienen el placer de anunciar el compromiso de su hija, Mary, con Mr James Smart, hijo de Mr y Mrs Arthur Brown Smart, del 221 Arcade Avenue”


6.- BRINDIS: Lo hace el padre de la novia, se levanta con una copa y dice: “Propongo un brindis a la salud de mi hija, ***, y del joven que ha elegido para que forme parte, permanentemente, de nuestra familia, el señor **** ”
O
“ Quiero que brindemos por la felicidad de una joven pareja, cuyo futuro dicho forma parte de los corazones de todos nosotros; Mary (levanta el vaso y la mira) y John (levantándolo y mirándole a él).

(Todo el mundo se levanta excepto los novios, y beben un sorbo. Todo el mundo los felicita, y entonces se le pide al novio que diga unas palabras)

8.- Antes de la boda es costumbre que las dos familias se conozcan en una comida o cena en casa de la novia.



La Boda II

El atuendo del novio. 

El novio también estaba bajo las influencias de la moda el día de su boda, y se volcaba en revistas para buscar consejo de la mejor manera para vestirse. En los principios de la época Victoriana, el novio vestía levita azul, morada o burdeos, con una flor en su solapa. Hacia 1865, las chaquetas ya llevaban un agujero especial para introducir en él la flor. Su chaleco era blanco, y sus pantalones de gamuza. Utilizar el negro estaba fuera de consideración. El padrino y los testigos vestían también levitas pero en un tono más tenue o apagado. 

Para mediados de la época Victoriana, llevar levita era poco frecuente y se solía llevar un chaqué, ya que se consideraba que confería una apariencia más elegante. Algunos novios seguían usando levita, e igualmente con chaleco de paño negro, pantalones gris oscuro, una corbata anudada de un tono intermedio, y guantes lavanda bordados en negro 

La moda cambió muy rápidamente en los últimos años de la época victoriana, desde la no necesidad de usar guantes en 1885, a la obligatoriedad de usarlos en 1886. Los hombres usaban sin embargo, guantes color perla con bordados en negro. En 1899, la levita volvió a estar de moda con botonadura doble, chaleco en tonos claros, pantalones grises de cachemir, botas con puntera de charol, y guantes claros de cabritillo. Durante toda la época Victoriana se hizo necesario el uso de un sombrero de copa. 

Hacia el final, los adornos eran muy variados, un ramillete de lilas, una gardenia, o una ramita de stephanotis. Si la boda tenía lugar por la noche, se pusieron de moda los fracs de cola larga, con guantes y chaleco blancos. El padre de la novia vestía como el novio y los padrinos, y esto dependía del tiempo que hacía el día de la boda. 


Testigos, niños y familia. 

Los vestidos de las damas de honor debían ser prácticos y bonitos, para que pudiera formar parte del vestuario de la muchacha tras la ceremonia. Algunas novias más generosas, proporcionaban el vestido a sus testigos (damas). Durante los primeros años las faldas eran muy amplias y los cuerpos (bodices) reducidos. La tradición pedía que todo fuera blanco, aunque se permitía algún toque de color sin que se perdiera en ningún momento el efecto de que todo era blanco. Las damas cubrían sus cabezas con velos cortos que caían de una corona hasta justo debajo de la cadera. Las bodas que se celebraban en casa no requerían llevar velo y se solía vestir coronas de flores y lazos. 

Para mediados de la época Victoriana, los polisones eran los reyes de la moda. El blanco ya no era el color indispensable para la boda, pero seria siendo utilizado con bastante frecuencia normalmente combinándolo con otros colores. 

Las niñas pequeñas podían ser las que llevaran las flores o los anillos. Si eran mayores podían ser pequeñas damas de honor o doncellas de honor. Dependiendo de su papel, sus vestidos eran de muselina con un fajín que combinaba con sus zapatos y medias. El vestido era también más largo o más corto, dependiendo del estilo que predominara o de la edad de la niña. Los chicos tenían el importante papel de llevar la cola de la novia. Vestían como pajes reales con chaquetas de terciopelo, pantalón corto, y cuellos redondos decorados con grandes lazadas de crepe blanco de china o Siria. Sus zapatos con lazos eran negros, a menos que fuera una boda formal, en cuyo caso vestían calzas y hebillas. Su traje de terciopelo podía ser negro, azul, verde o rojo con un sombrerito a juego que era opcional. Los sombreritos se quitaban dentro de la iglesia. 

La costumbre dictaba que las madres y las invitadas se vistieran de forma sutilmente diferente, puesto que era un día diferente al resto. A la boda solían acudir con su vestido de paseo o el de las visitas. Las madres, y otros miembros femeninos de la familia, vestían sus vestidos de recepción, que eran mucho más elegantes que un traje de diario, pero menos formal que el de noche o gala. Todas las mujeres tenían que llevar sus bonetes en la iglesia, pero se consideraba un accesorio opcional en las ceremonias celebradas en el hogar. Los Bonetes no se llevaban en las recepciones que tenían lugar por la noche. En las postrimerías de la Era Victoriana, se recomendaba el negro como el color adecuado para el de la madre de la novia. Estaba hecho de crepe negro a pesar de que significara duelo. Si la madre estaba en duelo realmente, podía cambiar su crepe durante la ceremonia y vestir un rojo cardenalicio ( en América se podía usar el terciopelo púrpura o la seda). 

La Boda I

Decidiendo el día: 

La propia boda y los eventos que dependen de la ceremonia están anclados en ancianas tradiciones y evidentemente en las costumbres victorianas. Una de las primeras cosas que una joven debe tener en cuenta es elegir el día y mes para su boda. 

Junio siempre ha sido el mes más popular, debido a que su etimología procede de Juno, diosa romana del matrimonio. Juno traerá prosperidad y felicidad a todos aquellos que contraigan matrimonio en su mes. La practicidad juega también un papel en todo esto. Si se contraen nupcias en junio, la novia posiblemente de a luz a su primer hijo para primavera, dándole tiempo suficiente para recobrarse antes de Septiembre, momento en el cual comenzaba de nuevo la actividad social e industrial, tiempo de cosechas etcétera, por lo que la joven madre se podría incorporar a esas labores ya sin problemas. 

Junio también significa el final de la Cuaresma y la llegada de la estación cálida. Es decir, que llegó el momento de deshacerse de las pesadas ropas de invierno y participar en alguno de los eventos anuales. Abril, Noviembre y Diciembre, también estaban entre los preferidos, ya que no coincidían con los meses de mayor actividad en las granjas y en el campo. Octubre era un mes favorable, que venía a significar una cosecha favorable y abundante. Mayo sin embargo se consideraba un mes desafortunado. “cásate en mayo y lamenta el día” como dice un antiguo proverbio. Aunque por el contrario “Casate en el soleado septiembre, tu vida será rica y buena” 
Las novias también eran supersticiosas con el día de la semana como muestra esta rima popular. 

Casate en lunes para la salud salud
En martes para la riqueza riqueza
Miércoles es el mejor día de todos
Jueves para cruces
Viernes para pérdidas, y
Sábado para no tener ni pizca de suerte
 


El vestido de novia 

Una vez que las invitaciones de boda eran enviadas, la novia desaparecía de la vida social y no se dejaba ver en público. Por supuesto era tradición que no viera al novio el día de la boda, hasta que se encontraran frente al altar 

Una vez que la novia elegía su día de boda, derecho otorgado por el novio, podía comenzar a planear su ajuar, en el que la pieza más importante de todas era su vestido de novia. 

Las novias no siempre vistieron de blanco en la ceremonia del matrimonio. En los siglos XVI y XVII por ejemplo, las muchachas adolescentes se casaban con un vestido verde claro, como símbolo de la fertilidad. Una muchacha algo más mayor, en sus 20, se vestía con un tono marrón, y las más mayores casi siempre usaban el negro. Desde los tiempos de los sajones, hasta el siglo XVIII, sólo las novias pobres acudían a su boda con vestidos blancos (una forma pública de decir que no aportaba nada al matrimonio). Y otras iban con su traje de los domingos. 

El color del vestido se pensaba que también tenía influencia en la vida futura de una:

Blanco: buena elección
Azul: El amor será verdadero
Amarillo: avergonzada de su compañero
Rojo: quiere morir
Negro: quiere volver
Gris: Viajar lejos
Rosa: Él siempre pensará en ti
Verde: avergonzada de ser vista
 


Sin embargo, desde que La Reina Victoria se casó en 1840, el blanco se ha convertido en el tradicional color para los vestidos y ramos de novia. Una mujer usaba su vestido para presentarse en la Corte tras su boda, aunque normalmente con un cuerpo de vestido diferente. 

Un vestido de boda de principios de la época Victoriana consistía en un cuerpo de vestido ajustado, con cintura muy pequeña, y una falda amplia (con enaguas y más enaguas). Estaba confeccionada en organdí, tul, encajes, puntillas, sedas, lino o cashmere. El velo era de fina gasa, puro algodón o encaje. Un precio razonable para un vestido de novia en 1850 era 500 libras, según la revista Godey’s, más 125 libras para el velo. Hacia 1861 vestidos más elaborados llegaron a costar alrededor de 1500 libras si estaba confeccionado en encaje. 

El atuendo de boda durante este periodo fue todo en blanco, incluidos los vestidos de las damas de honor y sus velos. Los velos se sujetaban con coronas de flores, normalmente con flores de azahar y rosas, u otro tipo de capullos de la estación en la que se diese lugar. Los accesorios de la novia incluían: un par de guantes cortos y blancos de cabritilla, pañuelos bordados con sus iniciales de soltera, medias bordadas en la parte superior frontal, y zapatos planos decorados con nudos o lazos en el empeine. 


Las viudas que se volvían a casar a principios y mediados de la época victoriana, no vestían de blanco, no tenían damas de honor, ni velos ni flores de azahar (que era el símbolo de la pureza). Normalmente vestía un traje color perla o lavanda de satén adornado con plumas de avestruz. En las últimas décadas, se les permitió llevar pajes y asistentes, pero no velos ni flores. Podía llevar un blanco alejado un tono o dos del blanco convencional, aunque se prefería el rosa, el salmón, el color marfil o el violeta. 

En lo referente a las joyas, los diamantes siempre han sido los más populares. Cuando los vestidos blancos estaban a la moda, se consideraba adecuado el uso de perlas y diamantes para combinar. A mediados de la época Victoriana, los victorianos gustaban de exhibir su riqueza de forma más extravagante, y se usaron muy a menudo, tiaras de diamantes en las ceremonias. Lo más popular era el uso de piezas de joyería de diamantes que podían ser separadas después como piezas individuales. Tradicionalmente las joyas que lucía la novia eran regalos de su marido. Cuanto más temprano en el día se celebrara la boda, menos joyas se llevaban. 

Por ultimo, para la novia, se debe tener en cuenta la siguiente rima inglesa: “ Algo Viejo, algo Nuevo, algo prestado, algo azul, y una moneda de seis peniques de la suerte en tu zapato”. 

El “algo viejo” normalmente era algo heredado que conectaba a la novia con su pasado. Algo nuevo podía ser perfectamente su vestido o un regalo del novio. Algo prestado de cierto valor, Como el velo o el adorno de la cabeza (que volvía tras la ceremonia a su propietario). Algo azul como el liguero o un pañuelo bordado. El toque azul simbolizaba la fidelidad, y los seis peniques aseguraban una futura riqueza. 



El compromiso

Las reglas del compromiso 

Es privilegio de la novia fijar el día de la boda ... después de que las invitaciones sean enviadas ella no aparecerá en público. 

Cuando dos personas jóvenes decidían casarse, el caballero aprovechaba la primera oportunidad para reunirse con el padre de la muchacha e informarle de sus intenciones, y, haciendo una declaración franca de sus sentimientos y perspectivas, pedirle formalmente el consentimiento a su matrimonio. Si el consentimiento era denegado, la paciencia y la buena conducta por lo general persuadían hasta al padre más obstinado. 


               

Tradicionalmente no existía ningún modo formal de anunciar los esponsales pero si se acostumbraba, sin embargo, que el padre de la novia diera una cena y anunciase el compromiso. Los invitados a esa cena eran los parientes o los amigos muy íntimos de la pareja prometida. Al final de la cena el padre se ponía en pie, levantaba su copa de vino y bebía a la salud de su hijo, mencionando el nombre del joven con el cual su hija iba a casarse. Cada invitado inclinaba su cabeza ante el hijo, al mismo tiempo que levantaba una copa de vino. 

El anillo de compromiso se presentaba cuando el compromiso era anunciado o al menos era entonces cuando se lucía abiertamente, su elección dependía del gusto y los medios de quien lo regalaba. El hombre prometido era felicitado, y todos deseaban toda la felicidad a la muchacha. Después de que las damas abandonaban el comedor los caballeros dedicaban un rato a las felicitaciones y a fumar cigarros.

Para anunciar el compromiso la joven pareja debía escribir notas personales a sus respectivos parientes y a sus mejores amigos, enviando las notas de modo que todos pudieran ser recibidos al mismo tiempo. Estos conocidos daban entonces la buena noticia a todo el mundo en general. Las notas a menudo mencionaban una o varias tardes cuando la joven se encontraría en casa para recibir a sus amigos de manera informal con su madre. Los amigos del novio también aprovechan esta oportunidad para conocerla. 


Una vez se tenía noticia de los esponsales, las amistades se apresuraban en extender invitaciones a varias festividades para la feliz pareja como recepciones, cenas o funciones de teatro. Era costumbre en los parientes y amigos íntimos del prometido hacerle un regalo a la novia cuando se anunciaba el compromiso. Hubo un tiempo en que el regalo que los amigos íntimos enviaban a la novia tomaba la forma de taza de té. Una taza de té corriente, se suponía entonces, era uno de los consuelos para una solterona. Una taza de té por lo tanto era un regalo inútil al final del compromiso, cuando dejaba de tener un uso o valor. 

En aquel entonces se acostumbraba entre las familias el intercambiar hospitalidades. La familia del joven debía asegurarse de que la novia era bienvenida en su círculo. La madre del novio debía invitar tanto a la familia de la novia como a ésta misma a una cena lo antes posible una vez de anunciaba el compromiso. Las dos familias debían conocerse y trabar amistad de inmediato. Era también esencial para la novia que esta fuese muy atenta y amable con los amigos de su futuro esposo; se consideraba del peor gusto que ella les tratase con indiferencia. 

En cuanto al anillo de compromiso, entraba dentro del mejor gusto que tuviese engarzada sólo una piedra (un solitario), como podía ser un diamante o una piedra con color como un rubí, una esmeralda o un zafiro, cuyo coste podía ir de doscientos cincuenta a dos mil dólares. Piedras con color y diamantes, formando una diagonal también eran llevados; pero no una perla, ya que, según la creencia alemana, "las perlas son lágrimas para una novia". Las iniciales de cada uno de los novios y la fecha del compromiso por lo general eran grabados en el anillo de compromiso. El anillo debía ser llevado sobre el mismo dedo que la alianza, el tercer dedo de la mano izquierda, donde posteriormente la alianza le sirve como "una guarda". El modo como se entrega es un secreto entre los comprometidos. 

El compromiso era una de las experiencias más encantadoras en la vida de una muchacha, y ella hacía lo posible para no dejar que fuese demasiado corto. Sin embargo la longitud del compromiso dependía sobre todo de circunstancias externas, ya que se trataba de "un viaje" cuyo final debía llegar tarde o temprano. 


Era privilegio de la novia elegir la fecha de la boda, y de su padre y madre pagar su ajuar ("trousseau"). Después de que las invitaciones de boda eran enviadas ella no aparecía en público. 

En cuanto a la conducta de la pareja de comprometidos durante su compromiso, no se permitía a ninguna señorita conducir a solas con su novio - debía haber un criado como acompañante. Ninguna señorita debía visitar a la familia de su novio, a no ser que él tuviera una madre que pudiera recibirla. Tampoco se le permitía ir al teatro sola con él, o viajar bajo su escolta, o hospedarse en el mismo hotel, o relajar cualquiera de las reglas rígidas que una carabina severa haría cumplir. 

La posición de una mujer era delicada, las relaciones de personas comprometidas tan inciertas, que se consideraba del mejor gusto prestar una atención cuidadosa a cada una de sus apariciones en público. La etiqueta establecía sabiamente que el novio no debía pagar cosas que no pudieran serle devueltas si el contrato fuese disuelto, aún durante la mañana de boda. La señorita podía devolver su anillo y los regalos que su novio le hubiera hecho; pero ella podía no devolver zapatos o vestidos o sombreros.





El Cortejo

El salir durante el cortejo: 


Poder salir significaba que una mujer joven había terminado su educación y que estaba oficialmente disponible en el mercado del matrimonio. Las circunstancias financieras o familiares podía retrasar o adelantar el debut de una muchacha, aunque normalmente se la presentaba cuando llegaba a los diecisiete o dieciocho. Para la ocasión, al joven debía hacerse con un guardarropa nuevo para la temporada con intención de aparecer lo mejor posible, ante su público. 

Una muchacha permanecía bajo la protección materna en los primeros años de su vida social. Utilizaba las tarjetas de visita de su madre, o las de otro pariente femenino si su madre estaba muerta. Esta misma persona servía generalmente como chaperone (carabina), ya que nunca se permitía a una muchacha salir sola de casa, especialmente si la compañía era del otro sexo. 

El cortejo avanzaba por pasos, con la primera conversación de la pareja, la primera salida en compañía el uno del otro ( y la carabina, por supuesto que los seguía a menos distancia de la que les hubiera gustado a los enamorados), y finalmente haciéndose compañía continuamente cuando la atracción mutua había sido confirmada. Pero un caballero tenía que tener cuidado en los primeros momentos del cortejo. Si lo presentaban a una dama en una fiesta con el objeto de bailar, no podía asumir que automáticamente podía considerarse el conocido de la dama en cuestión, si ambos coincidían fortuitamente en la calle. Como resignado caballero que pretendía ser, debía esperar a ser formalmente presentado de nuevo por un amigo común de ambos. Cosa que, por supuesto, solo podía ocurrir si la dama daba el consentimiento de que le fuera presentado otra vez.


 
Las clases más bajas tenían oportunidad de socializar en las cenas del Servicio Dominical, tras la misa del domingo y en las fiestas populares, mientras que las clases altas llevaban a cabo sus acontecimientos sociales a través de las “temporadas”. Las Temporadas sociales se desarrollaban entre abril y julio. Algunas familias llegaban a la ciudad antes de esas fechas, si el Parlamento tenía alguna sesión. 

El día típico de una debutante significaba tener que levantarse en torno a las 11a.m. o 12 del mediodía, desayunar en su vestidor, asistir a algún concierto celebrado en el Parque, cenar a las ocho, ir a la ópera, asistir a tres o cuatro fiestas hasta las 5 de la mañana...todo bajo el ojo atento de su chaperone. 

Se tenía que tener mucho cuidado en los asuntos públicos para no ofender a un posible pretendiente ni a su familia. 

Las siguientes son algunas reglas de conducta que una perfecta señorita debía observar en su comportamiento: 
- Una mujer soltera, jamás se dirigiría a un caballero sin haber sido presentada anteriormente 
- Una mujer soltera jamás caminaría por la calle sola. Su chaperone la acompañaría y preferiblemente debía tratarse de alguien de mayor edad, preferiblemente casada. 
- Si ella había llegado a la etapa del cortejo en la que se le permitía pasear con un caballero por la calle, estos caminarían siempre alejados el uno del otro. Un caballero podría ofrecerle su mano para sortear irregularidades en el terreno, siendo este contacto el único que le estaba permitido mantener a un hombre con una mujer que no fuera su prometida.



-Las mujeres decentes nunca viajaran solas en un coche cerrado con un hombre que no sea un pariente
-Ella nunca invitaría a caballero soltero a su domicilio. 
-Ella no podría recibir a un hombre en su casa, si estaba sola. Otro miembro de la familia tenía que estar presente en el cuarto. 
-Una auténtica dama nunca volvía la mirada al pasar al lado de alguna persona en la calle, ni debía girarse o darse la vuelta para mirar a alguien en la iglesia, en la ópera, etcétera... 
- No se tenían ningún tipo de conversación impura delante de mujeres solteras. 
-No se permitió ningún contacto sexual antes del matrimonio. La inocencia era exigida por los hombres en muchachas en su clase, y especialmente en la que podría llegar a ser su futura esposa. 
-La inteligencia femenina no era animada, ni tampoco ningún interés en política que ellas pudieran sentir. 
 
NEGOCIACIONES 

Para el final de la temporada, muchas relaciones se habían consolidado con buenas perspectivas de futuro. Así comenzaba una relación seria, con el matrimonio como meta final. 

Existía una camaradería entre mujeres de clase alta. Se aconsejaban, chismeaban, se contaban secretos y se escribían cartas apasionadas entre ellas. Eran las principales organizadoras de los asuntos sociales, pero la desgracia más insalvable para cualquiera que se enemistara con ellas, pues podían apartarte para siempre de la alta sociedad, haciéndote. Cuando una muchacha joven estaba en buenos términos con estos selectos grupos sociales, podía contar con ayuda para conseguir un partido ventajoso.


Había reglas a seguir incluso aquí (el matrimonio). Hasta 1823, la edad legal en Inglaterra para la unión era 21 años--para los hombres y las mujeres. Después de 1823, un varón podía casarse con 14 años sin consentimiento paterno, mientras que una muchacha podía hacerlo con 12 años. La mayoría de las chicas, sin embargo, se casaban con edades entre los 18 y 23, especialmente en las clases altas.

Era también ilegal casarse con la hermana de una esposa difunta. Pero se podían casar con primos hermanos. No obstante, la actitud hacia los matrimonios entre primos hermanos cambió a finales de siglo. 

El matrimonio era animado dentro únicamente, de la misma clase social. El aspirar a clases superiores, convertía a aquel que lo pretendiera en un presuntuoso y un advenedizo. Si por el contrario, la persona se casaba con alguien de una situación social inferior, se consideraba que la persona se había casado por debajo de sus posibilidades. 

En los matrimonios de clase alta, la esposa venía acompañada muy a menudo con una abundante dote (lo que suponía un aliciente más para el matrimonio). Los aspectos financieros de una unión eran discutidos abiertamente, como los acuerdos prematrimoniales de hoy. Ambas partes daban a conocer sus fortunas. El hombre tenía que probar que podía mantener a su esposa en el nivel de vida al que ella estaba acostumbrada. La mujer, mirando a menudo para mejorar su situación social, utilizaba su dote como señuelo. Para proteger a una heredera, su familia podía crearle un fondo de inversión, que sería controlado por el tribunal de Chancery Court. La mujer tendría acceso a esta herencia si ella lo solicitaba, pero su marido no podría tocarla (tocar la herencia, se entiende). 


Una mujer soltera de 21 podía heredar y administrar su propia herencia . Incluso su padre no tenía ningún poder sobre ella. Una vez que ella se casaba, sin embargo, todas sus posesiones pasaban a su marido. La mujer no podía ni siquiera hacer un testamento para sus propiedades, mientras que el marido podría administrar los bienes de su esposa y cedérselos a sus propios hijos ilegítimos, si así lo quería. Por lo tanto, el matrimonio, aunque constituía la meta de la vida, tenía que ser considerado y sopesado muy seriamente. 
Debido a que muchas uniones eran consideradas casi como un asunto de negocios, pocas comenzaban con amor. Aunque con el devenir de los años, muchas parejas terminaban encariñándose entre ellas, y a menudo, creando como resultado de esto unos lazos casi tan profundos como el amor. 

EL CONTRATO 

Se estudiaban las cuentas bancarias, se examinaban los linajes ancestrales, y se exploraban a fondo las conexiones políticas. Si ambas partes pasaron la prueba, el paso siguiente hacia el matrimonio era el compromiso. 

Si todavía no lo había sido, el hombre era presentado a los padres de la muchacha, y a los grupos de amigos de ambos. El permiso para pedir la mano de la hija en matrimonio debía ser concedido por el padre de la novia, aunque el caballero debía esperar hasta que tuviera el consentimiento de su novia, antes de dirigirse al padre. 

La proposición de matrimonio era mucho mejor hacerla en persona en los términos y modos más claro posibles, con la idea de que la chica no malinterpretara las intenciones del caballero. Si él no podía pedírselo en persona, podía hacerlo mediante una carta. Una muchacha no tenía porqué aceptar su primera proposición. Podía coquetear y hacerse la fría.


"Se permitía que el compromiso permaneciera en secreto durante un corto periodo de tiempo, antes de hacerlo público, excepto para los parientes más allegados y los amigos íntimos. Esto era una precaución frente a que el compromiso pudiera ser interrumpido por cualquiera de las partes. 
La madre celebraba una recepción una vez que el compromiso era anunciado. El propósito de esta cena era introducir al novio a la familia de la novia, a lo que podía seguirle una cena más formal. Una vez que el novio había sido formalmente presentado, la novia era presentada a la familia de él. 
Esto podría ser bastante molesto para una muchacha joven, pues el ojo de la suegra era a menudo muy crítico . 

Después de que el compromiso fuera anunciado a la familia, la novia escribía al resto de sus amigos para contarles el feliz acontecimiento. Al mismo tiempo, su madre escribía a las parientes más ancianos de estas familias. Los compromisos duraban entre seis meses y dos años, dependiendo de las edades y circunstancias de los contrayentes. 

El compromiso se terminaba con un anillo. El tamaño y la piedra dependían de las rentas del novio. Podían tener la forma de nudo del amor, una banda simple, o una banda encajada con diversas piedras cuyas iniciales deletreaban un nombre o una palabra de amor. Por ejemplo el Príncipe de Gales, Albert Edward, dio a la princesa Alexandra de Dinamarca un “anillo gitano” con un Berilo, una Esmeraldas, un Rubí, una Turquesa, un Iacynth y otra Esmeralda que deletreaban así su apodo “Bertie”. 

Una mujer podía, si lo deseaba, regalarle a su prometido otro anillo, aunque esto no era obligatorio. 

La pareja podía tratarse un poco más íntimamente tras el compromiso. Podían caminar solos, tomarse de las manos en público, y dar paseos sin carabina. Se permitía pasar una mano alrededor de la cintura, un beso casto, y el tomar la mano. Podían hacerse también, visitas en soledad detrás de puertas cerradas, como la de los jardines. Pero debían despedirse obedientemente al anochecer, o durante la noche si estaban en una fiesta en la campiña. De otro modo, si el compromiso se rompía, la muchacha sufriría las consecuencias de una reputación arruinada debido a su comportamiento anterior. Un hombre honorable nunca rompía un compromiso para no causar incomodo a la muchacha." 


Durante el cortejo, el pretendiente podía regalarle a la dama solo determinados regalos como flores, dulces o bombones. Una mujer no podía regalarle nada al caballero hasta que él no le hubiera regalado algo, y solo entonces se le permitía ofrecerle algo artístico, hecho a mano y barato. 
Las parejas jóvenes no debían esperar regalos de boda de sus amistades. Era costumbre que algunas veces. Es una costumbre que puede suponer cierta incomodidad para aquellos que tenían pocos ingresos. Los regalos sólo podían ofrecerlos aquellos con los que tenían fuertes lazos de amistad o aquellos con los que compartían un afectuoso trato. De hecho, en 1873 las palabras “no se aceptan presentes” se incluyeron en las invitaciones de boda. 
Desafortunadamente, algunos compromisos se terminaban con la vergüenza que eso causaba, terminando incluso en demanda legal su se terminaba por parte de uno bajo al disconformidad del otro. La “ruptura v de la promesa” solía terminar con una parte de la pareja pagando los gastos de la otra parte, como por ejemplo el vestido de novia y el ajuar. . 
Éste era uno de los motivos por el que las noticias del compromiso se mantenían en el seno de la familia y amigos. Si no se hacía público, no se consideraba oficial, y por lo tanto no se llevaba ante el tribunal. Las mujeres eran increíblemente cautas en sus cartas y diarios, por si el asunto llegaba hasta esos extremos. 

A pesar de lo cruel que suena todo esto, existía el romance y el amor verdadero en la época victoriana. Quizás eran estos mismos límites y reglas los que hacían más especial al amor para aquellos que lo encontraban. Para los afortunados que encontraban el amor dentro de su misma clase social, y que contaban con la aprobación de sus familias. Incluso para aquellos matrimonios que comenzaron sin amor y que terminaron a menudo en un profundo y simpático cariño, que sería envidiado por muchos. 







lunes, 15 de julio de 2013

Baile victoriano III


EL VESTIDO DE BAILE PARA DAMAS 




Una dama, al vestirse para un baile, primero debía considerar la delicada cuestión de su edad; y después, la de su posición, si estaba casada o no. Entonces lo reflejaría en la simplicidad de su atavío, la elegancia del diseño de su vestido, y en los colores apropiados. 

Como todo en un salón de baile era luminoso, alegre, y justo lo contrario a la depresión, le estaba permitido a las damas ancianas que no bailaran, de modo que pudiera asumir un estilo ligero en el vestir que fuera apropiado para la cena, un concierto, o la ópera. 

El vestido de las damas casadas y solteras, a pesar de ser joven en la forma, debía ser de marcada distinción. Los vestidos de seda eran, por lo general, no deseados para los que bailaban; pero la dama casada podía aparecer en una seda moiré de un color ligero, o hasta en una seda blanca, que podía ser ribeteada con tul y flores. Las flores o pequeñas plumas se consideraban elegantes en la cabeza; la joyería debía ser lucida con moderación, una sola pulsera era suficiente para quienes bailaban. 


Las damas jóvenes solteras llevaban los vestidos de materiales claros, cuanto más ligeros mejor. Tarlatane, gasa, tul, encaje, la muselina más fina, puntilla, y demás telas similares eran adecuadas; tales vestidos eran llevados sobre una pieza de seda. 

Las damas de luto completo no bailarían, incluso si se permitían a sí mismas asistir a un baile. Para quienes se encontraban de luto, el color negro y escarlata o violeta era el atavío apropiado. Cuando el luto permitía bailar, el blanco con adornos de color de malva, violetas o negros, adornos y frunces se consideraban apropiados. Un vestido de satén negro se veía mejor cubierto por encaje, tarlatan, o crépe, éste último sólo se vestía estando de luto. 

En la selección de colores una dama debía considerar su figura y su tez. Para las damas delgadas los colores claros y el blanco eran muy adecuados; pero en el caso de ser de tendencia gruesa, estos colores debían evitarse, ya que tenían fama de "añadir unos kilos". Además, la armonía en el vestido implicaba la idea de contraste y era escogido en referencia con el cutis; así, una dama rubia lucía la mayor parte del tiempo matices delicados, como el rosado, el salmón, azul claro, el maíz, verde, blanco, etcétera, etcétera. Una dama morena, al contrario, seleccionaba colores ricos y brillantes. 

El tocado para la velada iba conjuntado con el vestido, aunque las damas que tenían una profusión de hermoso cabello requerían poco o ningún ornamento artificial; una flor simple era todo lo necesario. A quienes estaban menos dotadas en cuanto a esto, les estaban destinadas los tocados. Una dama de estatura alta evitaba llevar algo en la cabeza, ya que este añadido hacía más evidente su estatura. "Una corona de flores" o una "corona inclinada" por lo tanto, eran lo que se consideraba apropiado. 

Todos los accesorios para la velada: los guantes, zapatos, flores, abanicos, binóculos, y la capa de ópera, debían ser modernos y nuevos. Un descuido en este aspecto podía estropear el efecto del vestido más impresionante. Los guantes blancos eran apropiados para el salón de baile, los de luto eran confeccionados en negro. Los guantes debían ajustarse impecablemente, y nunca debían quitárselos en la sala de baile. Era apropiado para quienes bailaban que estuvieran provistos de un segundo par para sustituir los otros cuando se manchaban o en caso de que se estropearan, o si los botones se caían. Los zapatos de satén blanco se llevaban con vestidos de colores claros; y en negro o bronce con vestidos oscuros. Se consideraban también elegante usar en el salón de baile las botas; estas eran de satén, seda, blancas o a juego con los colores del vestido. 





Bailes victorianos II

EN EL SALÓN DE BAILE 

Los jefes de grupo daban la orden a la orquesta para que comenzase a tocar, y también eran los primeros en acceder al salón de baile. Los caballeros entraban en la sala, o en el caso de ir acompañados conducían a su dama hasta un asiento. Antes de entrar en el salón de baile, lo primero de lo que debía encargarse un caballero era de procurarse un programa para su acompañante, presentar a sus amigos, que apuntarían sus nombres en el carnet de baile de la dama. El sonido de una trompeta era generalmente la señal para que los allí reunidos pudieran tomar sus posiciones en la sala de baile. Un caballero, en todos los casos, bailaba el primer baile con la dama a la que acompañaba, después de lo cual él podría ceder su puesto a un amigo; o bailar otra vez con ella, según las circunstancias o su inclinación le dictasen. 

Una dama no podía rechazar la invitación de un caballero a bailar, a no ser que ella ya hubiera aceptado bailar con otro, ya que hacerlo sería caer en una descortesía. Las damas más solicitadas, debían ser muy cuidadosas de no jactarse del gran número de bailes que les habían sido pedidos, pero sólo un poquito. Ellas podían también, discretamente, recomendar a las damas menos afortunadas a los caballeros que conocían. En un baile privado o una fiesta, una dama debía mostrarse reservada, y no demostrar más preferencia por un caballero que por otro; además, ella bailaría con todo aquel que lo solicitase adecuadamente. 

El dueño de la casa debía asegurarse de que todas las damas bailasen; haría caso en particular a las más tímidas o con menos éxito, asegurándose de que les invitaran a bailar. Claro que lo haría de manera discreta, para no herir el amor propio de las damas desafortunadas. Los caballeros a quienes el dueño de la casa solicitada que bailasen con estas damas, estaban dispuestos a acceder a su deseo, y hasta se mostraban contentos de bailar con la dama recomendada. Con frecuencia, algunos caballeros jóvenes violaban las reglas del protocolo; eran tan "particulares" que consideraban una molestia notable bailar con una dama a menos que ella resultara ser muy bonita e interesante. Aquellos hombres jóvenes raramente llegaban acompañados por damas, y constantemente interrumpían (molestaban) a sus conocidos y a los anfitriones para que les presentasen como los mejores bailarines a las señoritas más bonitas que se encontrasen en la sala. Si no hubiera tantos caballeros como damas se permitía que dos damas bailasen juntas para completar el numero de bailarines para una danza, o dos caballeros podían bailar si hubiera escasez de damas. Pero no era apropiado que las damas rechazasen bailar con un caballero, y después bailasen con otro, o que un caballero hiciese lo mismo después de haber rechazado ser presentado a unas damas. Las parejas prometidas no bailaban juntos demasiado a menudo; se consideraba de mal gusto; además, era considerado una violación de etiqueta que un caballero y su esposa bailasen juntos. 

Cuando era presentado a una dama, un caballero debía cuidar particularmente el modo de invitarle a bailar, la manera en la cual se inclinaba ante ella, y también como solicitaba ver su carnet de baile; las damas eran susceptibles a las primeras impresiones, y en ello influía sobremanera el modo como un caballero se presentaba a sí mismo. Al solicitar a una dama un baile, él se mantendría a una distancia apropiada, doblando el cuerpo con gracia, acompañándolo de un movimiento leve de la mano derecha hacia el frente, mirándola cordialmente, y diciendo con respeto: "¿Me haría el honor de bailar conmigo?" o "Sería un placer bailar con usted" o "¿Sería tan amable, me favorecería concediéndome su mano para este o el siguiente baile?" Él permanecía en la posición que había asumido hasta que la dama expresase su decisión diciendo, "Sería un placer señor" o "Lo lamento pero ya lo tengo comprometido, caballero". El caballero entonces escribía su nombre en su tarjeta de baile, y después de haber hecho las disposiciones necesarias, él correctamente hacía una reverencia y se retiraba. 




Cuando un caballero bailaba con una dama a quien no conocía, se mostraba cauteloso en su conversación. Cuando la música terminaba, él hacía una reverencia, presentaba su brazo derecho, y la conducía a su asiento; si el asiento estaba ocupado, él correctamente le preguntaba a que lugar del salón le gustaría que le acompañase; de nuevo hacía una reverencia una vez que ella tomaba asiento. Un caballero no podía tomarse la libertad de sentarse a su lado, a no ser que estuvieran en términos de intimidad. Si un caballero deseaba bailar con una dama a quien no hubiese sido presentado aún, se esforzaría en trabar conocimiento primero con sus conocidos, quienes tratarían de procurar para él la presentación deseada. Si no, el caballero haría uso de uno de los jefes de grupo, que lo presentarían si él fuera del agrado de la dama; de otra manera el jefe de grupo no lo presentaría sin la primera exigencia del consentimiento de la dama. La etiqueta del salón de baile difería ligeramente en el campo (el interior, las provincias...). En sus salones de baile, generalmente un caballero pedía a cualquier dama que bailase con él y, después de una presentación, podría establecer una conversación o dar un paseo con ella por el salón sin que esto se considerase un quebranto de la etiqueta apropiada. 

Los caballeros intentaban entretener a las damas que bailaban con ellos con un poco de conversación, con suerte algo mejor que el tiempo y el calor de la sala; y en salones de baile circulares eran especialmente cuidadosos de proteger a sus parejas de baile de colisiones, y asegurarse de que sus vestidos no fueran rasgados. Un caballero no acordaría con una dama más de cuatro bailes durante la velada, ya que esto podía privarla del placer de bailar con aquellos de sus amigos y conocidos que podían llegar a una hora posterior; además demasiada familiaridad estaba fuera de lugar en un salón de baile. Al final del baile, cuando el caballero conducía a la dama a su lugar, y se inclinaba y le agradecía el honor que había representado bailar con ella, ella también hacía una reverencia en silencio, y sonreía con gracia. 

Sin embargo, ningún caballero podía aprovechar una presentación de salón de baile ya que le era dada con vistas a un simple baile, y seguramente no garantizaba a un caballero mucho más que poder pedirle a esa misma dama un segundo baile. Fuera del salón de baile tal presentación no significaba nada en absoluto. Si quienes habían bailado juntos se encontraban al día siguiente en la calle, el caballero no se aventuraba a saludar a la dama, a no ser ella decidiera reconocerlo - si él saludaba, no esperaría ningún reconocimiento de su saludo, ni lo tomaría como una ofensa si no le fuese devuelto. 

En un baile o fiesta privados, las damas debían evitar hablar demasiado durante el baile; estaba también considerado como de mal gusto que susurrase continuamente en el oído de su compañero. Las damas debían evitar la afectación, fruncir el ceño, o la más leve muestra de mal carácter. Una risa ruidosa, la conversación con la voz demasiado alta, o mirar fijamente estaban mal vistos en el comportamiento de una dama. Se recomendaba que una dama dejase de bailar en el momento que se sintiese fatigada, o tuviera cualquier dificultad en la respiración. Casadas o solteras no podían dejar un salón de baile, o ninguna fiesta solas. Las primeras debían ser acompañadas por una o dos damas casadas, y las otras (las solteras) por su madre o por una dama que las representara. 


Al dar la mano para conducir a una dama en un baile en “cadena” , los bailarines debían componer una ligera sonrisa acompañada con una educada inclinación de cabeza, a modo de saludo. 

Cada vez que se anunciaba un baile, el caballero, tras darle las gracias a la anterior compañera y devolverla a su sitio o conducirla hasta su siguiente acompañante, iba en busca de su nueva pareja. Tras encontrarla, el caballero la conducía a algún extremo de la pista, o en el caso de que fuera redonda, procuraba colocarse en el círculo exterior. Cuando la música comenzaba, el caballero saludaba, la dama le contestaba con cortesía y la danza empezaba. 

Durante el baile, “el hombre era el caballero de la dama” en el sentido de que era su responsabilidad durante el transcurso de la danza cuidando de su confort y de su disfrute. 

Al bailar, los hombres procuraban componer un gesto agradable; Muchos se concentraban tan intensamente en el baile y en dar el correcto siguiente paso, que olvidaban reflejar en su expresión que estaban disfrutando la compañía de la dama en el baile. 

Al bailar un vals, el caballero jamás presionaba la cintura de su compañera ni la acercaba a él. Mantenía una postura distante con la palma de la mano abierta en su cintura. 

Los caballeros guiaban a las damas de forma segura alrededor del círculo, teniendo cuidado con las otras parejas y cuidándose de conducirse sin vacilación o esquivando el movimiento de las otras parejas, recordando usar las esquinas alejadas o el centro para cualquier variación del baile que pudiera retrasar el avance impetuoso de otros bailarines. 

Al final del baile, el caballero reconducía a la dama a su sitio, la saludaba y le daba las gracias por el honor que le había otorgado. Ella también saludaba en silencio y sonreía con aire elegante. 

Si el caballero no tenía ninguna pareja para el siguiente baile, podía dirigirse a otra dama que tampoco tuviera pareja asignada. Y si estaba cansado y no deseaba bailar la siguiente pieza, podía indicarlo sentándose. 


AL FINAL DEL BAILE 

Las reuniones tales como los bailes, eran abandonados silenciosamente para no molestar a los anfitriones, dueños de la casa. Si la fiesta fuera pequeña, estaba permitido despedirse de la anfitriona; pero si la compañía era numerosa, no era necesario. Después de una fiesta privada la etiqueta consideraba apropiado visitar la casa en el transcurso de la semana para hablar de lo placentero que resultó el baile, y la buena selección de los asistentes; pero era también suficiente dejar una tarjeta.