EN EL SALÓN DE BAILE
Los jefes de grupo daban la orden a la orquesta para que comenzase a tocar, y también eran los primeros en acceder al salón de baile. Los caballeros entraban en la sala, o en el caso de ir acompañados conducían a su dama hasta un asiento. Antes de entrar en el salón de baile, lo primero de lo que debía encargarse un caballero era de procurarse un programa para su acompañante, presentar a sus amigos, que apuntarían sus nombres en el carnet de baile de la dama. El sonido de una trompeta era generalmente la señal para que los allí reunidos pudieran tomar sus posiciones en la sala de baile. Un caballero, en todos los casos, bailaba el primer baile con la dama a la que acompañaba, después de lo cual él podría ceder su puesto a un amigo; o bailar otra vez con ella, según las circunstancias o su inclinación le dictasen.
Una dama no podía rechazar la invitación de un caballero a bailar, a no ser que ella ya hubiera aceptado bailar con otro, ya que hacerlo sería caer en una descortesía. Las damas más solicitadas, debían ser muy cuidadosas de no jactarse del gran número de bailes que les habían sido pedidos, pero sólo un poquito. Ellas podían también, discretamente, recomendar a las damas menos afortunadas a los caballeros que conocían. En un baile privado o una fiesta, una dama debía mostrarse reservada, y no demostrar más preferencia por un caballero que por otro; además, ella bailaría con todo aquel que lo solicitase adecuadamente.
El dueño de la casa debía asegurarse de que todas las damas bailasen; haría caso en particular a las más tímidas o con menos éxito, asegurándose de que les invitaran a bailar. Claro que lo haría de manera discreta, para no herir el amor propio de las damas desafortunadas. Los caballeros a quienes el dueño de la casa solicitada que bailasen con estas damas, estaban dispuestos a acceder a su deseo, y hasta se mostraban contentos de bailar con la dama recomendada. Con frecuencia, algunos caballeros jóvenes violaban las reglas del protocolo; eran tan "particulares" que consideraban una molestia notable bailar con una dama a menos que ella resultara ser muy bonita e interesante. Aquellos hombres jóvenes raramente llegaban acompañados por damas, y constantemente interrumpían (molestaban) a sus conocidos y a los anfitriones para que les presentasen como los mejores bailarines a las señoritas más bonitas que se encontrasen en la sala. Si no hubiera tantos caballeros como damas se permitía que dos damas bailasen juntas para completar el numero de bailarines para una danza, o dos caballeros podían bailar si hubiera escasez de damas. Pero no era apropiado que las damas rechazasen bailar con un caballero, y después bailasen con otro, o que un caballero hiciese lo mismo después de haber rechazado ser presentado a unas damas. Las parejas prometidas no bailaban juntos demasiado a menudo; se consideraba de mal gusto; además, era considerado una violación de etiqueta que un caballero y su esposa bailasen juntos.
Cuando era presentado a una dama, un caballero debía cuidar particularmente el modo de invitarle a bailar, la manera en la cual se inclinaba ante ella, y también como solicitaba ver su carnet de baile; las damas eran susceptibles a las primeras impresiones, y en ello influía sobremanera el modo como un caballero se presentaba a sí mismo. Al solicitar a una dama un baile, él se mantendría a una distancia apropiada, doblando el cuerpo con gracia, acompañándolo de un movimiento leve de la mano derecha hacia el frente, mirándola cordialmente, y diciendo con respeto: "¿Me haría el honor de bailar conmigo?" o "Sería un placer bailar con usted" o "¿Sería tan amable, me favorecería concediéndome su mano para este o el siguiente baile?" Él permanecía en la posición que había asumido hasta que la dama expresase su decisión diciendo, "Sería un placer señor" o "Lo lamento pero ya lo tengo comprometido, caballero". El caballero entonces escribía su nombre en su tarjeta de baile, y después de haber hecho las disposiciones necesarias, él correctamente hacía una reverencia y se retiraba.
Cuando un caballero bailaba con una dama a quien no conocía, se mostraba cauteloso en su conversación. Cuando la música terminaba, él hacía una reverencia, presentaba su brazo derecho, y la conducía a su asiento; si el asiento estaba ocupado, él correctamente le preguntaba a que lugar del salón le gustaría que le acompañase; de nuevo hacía una reverencia una vez que ella tomaba asiento. Un caballero no podía tomarse la libertad de sentarse a su lado, a no ser que estuvieran en términos de intimidad. Si un caballero deseaba bailar con una dama a quien no hubiese sido presentado aún, se esforzaría en trabar conocimiento primero con sus conocidos, quienes tratarían de procurar para él la presentación deseada. Si no, el caballero haría uso de uno de los jefes de grupo, que lo presentarían si él fuera del agrado de la dama; de otra manera el jefe de grupo no lo presentaría sin la primera exigencia del consentimiento de la dama. La etiqueta del salón de baile difería ligeramente en el campo (el interior, las provincias...). En sus salones de baile, generalmente un caballero pedía a cualquier dama que bailase con él y, después de una presentación, podría establecer una conversación o dar un paseo con ella por el salón sin que esto se considerase un quebranto de la etiqueta apropiada.
Los caballeros intentaban entretener a las damas que bailaban con ellos con un poco de conversación, con suerte algo mejor que el tiempo y el calor de la sala; y en salones de baile circulares eran especialmente cuidadosos de proteger a sus parejas de baile de colisiones, y asegurarse de que sus vestidos no fueran rasgados. Un caballero no acordaría con una dama más de cuatro bailes durante la velada, ya que esto podía privarla del placer de bailar con aquellos de sus amigos y conocidos que podían llegar a una hora posterior; además demasiada familiaridad estaba fuera de lugar en un salón de baile. Al final del baile, cuando el caballero conducía a la dama a su lugar, y se inclinaba y le agradecía el honor que había representado bailar con ella, ella también hacía una reverencia en silencio, y sonreía con gracia.
Sin embargo, ningún caballero podía aprovechar una presentación de salón de baile ya que le era dada con vistas a un simple baile, y seguramente no garantizaba a un caballero mucho más que poder pedirle a esa misma dama un segundo baile. Fuera del salón de baile tal presentación no significaba nada en absoluto. Si quienes habían bailado juntos se encontraban al día siguiente en la calle, el caballero no se aventuraba a saludar a la dama, a no ser ella decidiera reconocerlo - si él saludaba, no esperaría ningún reconocimiento de su saludo, ni lo tomaría como una ofensa si no le fuese devuelto.
En un baile o fiesta privados, las damas debían evitar hablar demasiado durante el baile; estaba también considerado como de mal gusto que susurrase continuamente en el oído de su compañero. Las damas debían evitar la afectación, fruncir el ceño, o la más leve muestra de mal carácter. Una risa ruidosa, la conversación con la voz demasiado alta, o mirar fijamente estaban mal vistos en el comportamiento de una dama. Se recomendaba que una dama dejase de bailar en el momento que se sintiese fatigada, o tuviera cualquier dificultad en la respiración. Casadas o solteras no podían dejar un salón de baile, o ninguna fiesta solas. Las primeras debían ser acompañadas por una o dos damas casadas, y las otras (las solteras) por su madre o por una dama que las representara.
Al dar la mano para conducir a una dama en un baile en “cadena” , los bailarines debían componer una ligera sonrisa acompañada con una educada inclinación de cabeza, a modo de saludo.
Cada vez que se anunciaba un baile, el caballero, tras darle las gracias a la anterior compañera y devolverla a su sitio o conducirla hasta su siguiente acompañante, iba en busca de su nueva pareja. Tras encontrarla, el caballero la conducía a algún extremo de la pista, o en el caso de que fuera redonda, procuraba colocarse en el círculo exterior. Cuando la música comenzaba, el caballero saludaba, la dama le contestaba con cortesía y la danza empezaba.
Durante el baile, “el hombre era el caballero de la dama” en el sentido de que era su responsabilidad durante el transcurso de la danza cuidando de su confort y de su disfrute.
Al bailar, los hombres procuraban componer un gesto agradable; Muchos se concentraban tan intensamente en el baile y en dar el correcto siguiente paso, que olvidaban reflejar en su expresión que estaban disfrutando la compañía de la dama en el baile.
Al bailar un vals, el caballero jamás presionaba la cintura de su compañera ni la acercaba a él. Mantenía una postura distante con la palma de la mano abierta en su cintura.
Los caballeros guiaban a las damas de forma segura alrededor del círculo, teniendo cuidado con las otras parejas y cuidándose de conducirse sin vacilación o esquivando el movimiento de las otras parejas, recordando usar las esquinas alejadas o el centro para cualquier variación del baile que pudiera retrasar el avance impetuoso de otros bailarines.
Al final del baile, el caballero reconducía a la dama a su sitio, la saludaba y le daba las gracias por el honor que le había otorgado. Ella también saludaba en silencio y sonreía con aire elegante.
Si el caballero no tenía ninguna pareja para el siguiente baile, podía dirigirse a otra dama que tampoco tuviera pareja asignada. Y si estaba cansado y no deseaba bailar la siguiente pieza, podía indicarlo sentándose.
AL FINAL DEL BAILE
Las reuniones tales como los bailes, eran abandonados silenciosamente para no molestar a los anfitriones, dueños de la casa. Si la fiesta fuera pequeña, estaba permitido despedirse de la anfitriona; pero si la compañía era numerosa, no era necesario. Después de una fiesta privada la etiqueta consideraba apropiado visitar la casa en el transcurso de la semana para hablar de lo placentero que resultó el baile, y la buena selección de los asistentes; pero era también suficiente dejar una tarjeta.

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